Pequeño devorador de hombres, el ansia es un muro de fuego que no da calor y te quema hasta los huesos, demonio purificador de antiguas épocas que gritas desde lo alto de un edificio verdades enteras y despreciables, ciudad hambrienta escondenos bajo tu manto sagrado y protector, el miedo sagrado que nos corta suavemente la piel del pecho y de los brazos, que escribe con agujas en los parpados cerrados, mientras en el caudal de las horas miente el sol que arde por las mañanas, miente el sol que brilla por las tardes, miente cuando todos quieren alcanzar sus mediocres metas o empezar sus mediocres viajes o encontrar su dichoso camino, sendero, puente, túnel y a fin de cuentas debes de sumergirte en el barro junto al abrevadero de animales que te roban el alimento y dificultan la cacería, en la tierra corre lentamente un río que muchos quieren contemplar, algunos han bebidos sus dulces aguas y creen haber saciado su sed, mas tarde descubren que han acabado con la tierra y la vida en ella y su sed se incrementa y el agua es cada vez mas escasa y el deseo arde y el fuego comienza a encalidecer sutilmente su piel, sus manos, las heridas en la boca del estomago y la triste adicción a ser compensado por cada buena acción, no son dragones, ni eruditos, animales de dios, ciervos, carneros y carroña. El ansia no es un grito, una caricia, ni un fuego, es un pecado, obelisco dorado que copula entre flores de cáncer, golpeando una vez en el pecho y dos veces en la cabeza hasta dejarte en el piso sangrando, inconsciente, inútil, quieres todo lo que has entregado, rompes algunos objetos personales y apreciados y vuelves a esperar tu recompensa pues ya no diferencias buenas acciones de acciones necias.