Cuando yo nací, nací sin alma, tuvo que pasar más de un mes para que mi cuerpo libre de llantos y anhelos, libre de toda intención del ser, solo estar, apenas existir y existir de una forma muy reducida, muy pobre, más de un mes para que mi cuerpo fuera habitado por un alma, un hombre que se acababa de matar, un hombre que extrañó su infancia toda su vida adulta, un suicida, el 7 de noviembre comencé a llorar por primeras vez con mi aliento dolido, con mi edad inexistente y las décadas de mi vida pasada aun frescas, nacer sin alma no es algo tan extraño, verdaderamente a muchos les pasa, lo que si es poco usual es recibir el alma tan fresca de un suicida. Este hombre usaba las palabras para ser libre, para tocar la tierra lejana, para romper las cadenas y ataduras. Este hombre usaba las palabras como el sexo, transgresor, un enemigo de sus enemigos, una ofensa descarada del placer, un sonriente amigo.

El 7 de noviembre de 1990 el se arranco la vida y me otorgo el deseo, el retomo su infancia y yo le entregue mi cuerpo, infantil comenzamos el y yo a seguir los designios, a conocer y reconocer nuestros pasos, el me amaba y yo a el le temía, el era la voz más fuerte y profunda que conocía la verdad, yo era su alumno, era un animal recibiendo sus lecciones, era un prisionero, de cierta forma ambos lo eramos, puesto que el vivía dentro de mi vida, comía dentro de mi cuerpo y respiraba el aire que yo respiraba, mi aire, algunas veces nos arrojábamos al mar y nadábamos por horas, alcanzábamos la profundidad, en contra de las olas, dos brazadas no alcanzaban para avanzar tenían que ser seis o siete.

Desde los pequeños cerros que separaban mi pueblo en dos, esta era tierra extraña para el, para mi la única tierra, desde lo alto de cerro podíamos ver toda la península, recorrer con los ojos todo el pueblo, puerta por puerta, casa a casa, techos y ventanas, avenidas y callejones, personas, perros y roedores. Corríamos cerro abajo, la tierra y el barro alcanzaba nuestras rodillas, mis piernas y manos, la suciedad lo tocaba de una forma diferente a el, el sentía cosas que no quería que yo sintiese, el entendía cosas que no quería que viviese, el deseaba demasiado y era inevitable que compartiera su deseo.

La primera vez que vi a un hombre desnudo no fue a mi padre, a mi padre tal vez ni lo conocí, el primer hombre que vi desnudo fue un amante de mi madre, a el, a el le gustaba tocarme cuando estábamos solos y eso a mi asustaba y me asía sentir malo, pero mi alma siempre lo provocaba, el deseo nos volvió uno y aprendimos a disfrutar cada vez más de esos momentos de intimidad.

Para mis quince años ya habíamos estado con varias mujeres y varios hombres, ya conocía el vicio y disfrutaba del alcohol de vez en cuando, sabia mentir muy bien y esconder mis intenciones, esconder las verdades amargas y hablar con sutileza, para mis 15 años ya había visto cosas que otros de mi edad ni se imaginaban, pero nunca había visto a un hombre muerto, no al menos hasta mis 15 años cuando vi morir a ese hombre, un de los amantes de mi madre, el que la golpeaba más que los otros, cuando lo mate, cuando lo matamos con nuestras manos, cuando lo mate con  mis manos, entonces lo supe, supe como se sintió su muerte, supe lo que fue quitar algo precioso y no regresarlo nunca, sentimos como fue morir, mi alma lo recordó y mi cuerpo quiso sentirlo con desesperación, a mis 15 años mate al hombre que mato a mi madre, los enterré esa misma tarde en el patio y me fui de la única tierra que mi cuerpo conocía, la tierra en donde el cuerpo de mi madre descansaba, me pregunte más de una decena de veces donde iría a parar su alma, me pregunte si la reconocería en otro cuerpo, en otros ojos, con otra boca, con otra vos, ya sin su edad.

Ya en mis 17, ya en este punto mi alma ya no me amaba, me odiaba profundamente y quería abandonarme, gritaba que debíamos morir, volver a empezar, lo que había hecho en mis últimos años había sido agotador, asqueroso, el me odiaba y me temía, yo lo amaba y estaba profundamente agradecido porque ya había entendido que el no podía abandonarme y me enorgullecía de saber que el horror de esta vida superaba por mucho el su vida anterior, un día en el camino no hace tanto comencé a sentirme un animal salvaje, me sentí libre de ataduras, sus enseñanzas ya carecían de significado para mi, sus palabras a veces eran suaves y flacas, temblorosas, débiles.

A mis 17 ya había sido un villano, un libertador, un revolucionario, un loco, un salvaje, muchas veces quite la vida y muchas veces devore la carne, en la calle y en la deriva la tierra salvaje todavía existe, en la tierra gris donde todos son grises aun se lucha por la vida hasta la muerte, aun se realizan los viejos rituales, aun se pronuncian la viejas palabras y los cuerpos son quemados por el primer fuego, los ancestros de la muerte y la torpe batalla están vivos en nosotros, en los bastardos de la calle, en los rufianes y asesinos, no hay pecado que consuma nuestro ser, es sobre vivencia, es respeto por la vida, nuestra vida, es tener los cinco sentidos funcionando, todos al mismo tiempo en sincronía.

A mis 18 años ya era un sabio, la vida dura, el hambre y los peores que yo me habían enseñado, con mis propias manos tuve que hacerlo todo y lo hice todo, a mis 18 años hice un trato, ya cansado de reproches y llantos, angustiado por el sufrimiento de mi alma, la entregue sin pedir nada a cambio. Conocí a un hombre que no tenia alma, a sus 60 años este viejo ya no tenia alma y le pregunte y el me respondió, me contó una breve historia, me contó sobre aquel que las coleccionaba, aquel que ofrecía cualquier cosa, el tampoco tenia un alma propia y supe que podía, supe que sin alma y sin tormento no solo seria libre, seria poderoso.

Cuando lo encontré ya habían pasado un par de meses, cuando lo encontré lo hice a la brevedad y sin pedirle nada a cambio, no deseaba nada más, no necesitaba nada más, el me dijo que tenia suerte, que podía ver que mi alma nunca fue mía y que yo nunca fui de mi alma, dijo que eso era poco común, dijo en verdad que no estaba seguro de haber visto algo así antes, también me dijo que era un tonto por no pedirle nada, yo le conteste que el sabía muy bien que no tenia nada que ofrecerme, el se sonrío bastante molesto. Tomo mi alma que no era mía y nos despedimos sin mayores cortesías, sin ningún agradecimiento.

A mis 18 años no tenia nada y por primera vez lo tenia todo, es ahí donde comienza mi verdadera historia, la historia de la libertad.