Perro salvaje.

Durante algún tiempo me fui a vivir lejos de la ciudad, a un lugar tranquilo, lejos de la rutina de mis aburridos amigos, los compromisos que uno no advierte hasta que forman parte del quehacer habitual y algunas de mis más tediosas responsabilidades. Aquí he podido dejar de lado algunos malos hábitos que alimentaban mi pereza y mi mal gusto por los sinsabores de la vida. Por las mañanas me levanto bastante enérgico, junto con el alba practico algunos ejercicios, disfruto del silencio natural, junto con el suave sonido del viento en los árboles y la vida animal. Leo todos los días, suelo caminar por algún sendero que me lleve a la orilla del río o algún estanque, me recuesto sobre las hojas otoñales y leo bajo el sol durante varias horas. Me preparo dos o tres platos diferentes cada día, cocino con bastante alegría, ingredientes frescos, una preparación meticulosa y calmada, sin prisas ni apuros me siento a la mesa y como en silencio, saboreo cada bocado detenidamente y en cada uno encuentro algo especial y delicioso. Ya con la tarde y el anochecer comienzo a hacer un fuego en la chimenea, no he tenido que recolectar leña puesto que hay una gran cantidad de ella, apropiadamente envuelta en plásticos, junto al taller que queda en la parte de atrás de la propiedad. Puedo ver una gran cantidad de estrellas casi todas las noches, esta es la única casa en bastantes kilómetros y se encuentra bastante alejada de las carreteras por lo que en más de un mes no he visto a nadie, no hay electricidad y lo más extraño es que no hay espejos, por no decir que es el único detalle que captó mi atención. No me voy a dormir demasiado temprano, me gusta ver como se consumen las brazas, me gusta mirar por la ventana decender la niebla de las noches más frías, el invierno se acerca lentamente y cada noche se vuelve más profunda, un poco más húmeda, un poco más silenciosa que la anterior y por ello un poco más difícil cuando me quedo completamente absorto en mis pensamientos, recostado en la cama, envuelto con varias frazadas y un grueso cobertor de plumas, no he pasado frío ni una sola noche, el colchón es bastante cómodo y la habitación es acogedora, sin embargo las noches siempre son algo difíciles para mi, tal vez sea el verdadero motivo por el cual tomé la determinación de venir aquí. Paso varias horas en la cama, dando vueltas, siempre son varias horas antes de quedarme dormido, ya desde hace varios años se me hace difícil conciliar el sueño. Algunas mañanas salgo a trotar, algunos días preparo el fuego más temprano y lo último que hago antes de entrar es nadar contra corriente en la parte más ancha y más tranquila que he encontrado del río, otras veces en el estanque más profundo; me gusta flotar boca arriba cuando ya estoy cansado, luego regreso a la casa y me caliento junto al fuego, algunos días me tomo un par de cervezas después de la comida, por lo general no hablo solo, pero muy de vez en cuando repito mis pensamientos en vos alta, creo que para no olvidar el sonido de mi vos, puede ser que para no olvidar el sonido de las palabras pronunciadas en el aire, para asegurarme de recordar como pronunciarlas con mi boca, ser capas de emitir sonidos. Cuando salgo a explorar cuesta arriba he visto algunos roedores, una vez vi un ciervo correr lejos de mí y una vez vi un zorro detenerse entre los arbustos, lo vi detenerse y correr cuando me acerqué demasiado.

Por lo general escucho distintos cantos de aves, aves que en verdad no he visto por lo espeso del bosque, pero he podido diferenciar al menos siete cantos diferentes, cuando ya falta la luz he visto murciélagos planear entre los árboles. Me divierto mucho contemplando insectos, puesto que algunos en verdad son preciosos, hay una amplia variedad de libélulas y mariposas, pero con el frío ya son cada vez menos. Cada noche luego de acostarme, al estar mirando el techo de la habitación intento revivir alguno de los paisajes del día, ver en mi cabeza alguna de las criaturas a las que tuve el placer de contemplar y acompañar, escarabajos u hormigas, algún conejo saltando o un ave emprendiendo el vuelo a la distancia. Mis pensamientos se hacen más fuertes en la noche y la vos comienza a escucharse con más fuerza, puedo ver las palabras escritas al interior de mis párpados y la oscuridad comienza a iluminarse con ideas que he intentado abandonar, dormir siempre es un trabajo que requiere toda mi dedicación. Algunas noches he podido escuchar perros salvajes, ya sean lobos o coyotes, zorros o algo parecido los he podido escuchar cazar, correr en busca de un conejo o quizás algo más grande. Una noche desperté luego de un estruendo, pero no me animé a levantarme hasta que ya se acercaba el amanecer, cuando salí encontré parte de la cerca del huerto destrozada, y pude distinguir huellas de perro entre los cultivos, claro durante esa tarde reparé la cerca sin mucho esfuerzo, pero esa mañana me detuve a contemplar las huellas durante varias horas, me olvidé de todo lo demás, pude imaginarlo cazar, pude imaginarlo olfateando en medio de la noche, pude imaginarlo esconderse en la oscuridad, lo vi atrapar a su presa dentro de mi cabeza, lo escuché entre mis pensamientos. Al caer la niebla de la noche estaba junto a la ventana, a la espera de algún movimiento, deseaba profundamente poder ver al animal en un movimiento furtivo frente a la ventana, lo deseaba demasiado, esa noche no conseguí dormir, ni la siguiente, pero no ocurrió nada, noches tranquilas, de no ser por mis pensamientos recurrentes, cada vez más agotadores. La siguiente noche dormí como es acostumbrado, con bastante esfuerzo, tal vez dormí más profundamente.

Una tarde mientras caminaba de regreso a casa, lejos de los senderos encontré parte del pelaje de un roedor, no supe identificarlo, pero al verlo supe que las cacerías nocturnas si tenían algo de éxito y me entusiasme al pensar que ocurrían tan cerca. Esa noche de nuevo no conseguí dormir, debería decir que esa noche no lo intenté, me quedé toda la noche envuelto en frazadas junto a la entrada de la casa a la espera de ver algún animal nocturno, no ocurrió nada en toda la noche, de no ser por el cuarto de luna hubiese estado prácticamente solo con mis pensamientos. Cuando ya se acercaba el amanecer y mientras pretendía entrar a la casa escuche un grito o mejor dicho un gemido de origen animal, no era demasiado lejos así que salí corriendo exaltado en busca de su origen, corrí en varias direcciones y luego caminé por horas recorriendo meticulosamente todo el terreno, no podía haber desaparecido, me parecía un perro herido, repetía el gemido en mi cabeza una y otra vez intentando distinguir su origen o calcular la distancia correcta, no podía ser demasiado lejos, sin embargo durante la búsqueda me alejé bastante, tenia que encontrarlo, era mi obligación y más importante, era mi deseo. Pasaron horas antes de que desistiera de mi búsqueda, al regresar algo ofuscado y con bastante desanimo. Me recosté a descansar, no me tomo casi nada de tiempo quedarme profundamente dormido. Desperté en medio de la oscuridad y el frío, desperté temblando y enseguida comencé a hacer el fuego de la chimenea, aun no entraba en calor cuando volví a escuchar. Los gemidos del animal, agudos y desgarradores, con cierta semejanza a un aullido, un aullido que no podía acabar, quise salir enseguida pero el frío y la niebla eran terribles esa noche, además recién comenzaba a entrar en calor, los gemidos se acentuaban en sufrimiento, comencé a pensar que el animal era torturado, o desgarrado en vida, pude imaginarlo con las patas deshechas bajo una gran roca que cayó sobre él por un deslave. Lo imaginé en una trampa de cazadores, un hoyo profundo en la tierra con estacas de madera en el fondo, luego me imaginé a los cazadores divirtiéndose al despellejarlo, pero eso era poco probable debido a que no habían cazadores por la zona y de haberlos, en mi exhaustiva búsqueda durante el día hubiese encontrado algún rastro de ellos. Los gemidos aumentaban en frecuencia e intensidad a cada hora, el minutero y la luna ya no parecían avanzar y los gritos de animal se tornaban la medida del tiempo, mi cabeza retumbaba y los gritos silbantes y agudos congelaban mi cuerpo en un profundo escalofrío, el grito, el chirrido, en mi cabeza sonaba un eco interminable, ya no podía distinguir los silencios del terrible alarido salvaje, no tenía la certeza de que fuese un animal, podía ser el grito de un hombre, el grito de una mujer, salí desesperado entre la niebla, buscando callar ese grito que se repetía una y otra vez con más fuerza, la agonía cobraba cada vez más vivacidad, pude imaginarme una mujer desesperada, comida de lobos o devastada porque su hijo estaba muriendo sin sentido frente a ella, pude ver a un perro grande ser destripado lentamente entre carcajadas, me imaginé huesos rotos que atravesaban la piel, pude ver a un niño aplastado por un árbol que se desplomó sin previo aviso, los últimos minutos de una vida que se negaba a desaparecer en silencio, quería salvarlo, terminar con esto, quería estar en paz, pero el grito se repetía una y otra vez, más cerca, vibrando más profundo en mi interior, más escalofriante, más doloroso, ya no podía soportarlo más, corría desesperado en llanto, buscando en la oscuridad, ya no me podía detener, la desesperación fue creciendo, mientras mi pecho se oprimía, no podía entender mis pensamientos y no podía detenerme, el grito estaba por romperme los huesos, destrozarme los tímpanos, imaginé por un segundo que mi oídos sangraban, en medio de la oscuridad tapé mis oídos con fuerza mientras caía de rodillas, no dejaba de escuchar el grito, mi corazón acelerado, ardían mis ojos y retumbaba mi cabeza, me golpeaba con fuerza para no escuchar, ardía mi pecho, ya no sentía las manos, mi respiración ardía, ardía mi garganta y ya no podía, no podía dejar de gritar, de gemir, de gemir como un animal.