Alejandro Orellana
El niño despierta de un jalón fuerte. Ella corre asustada con el niño en brazos. Escalera abajo hay una puerta. Arroja con brusquedad al niño adentro y le dice que no salga, que no salga hasta que ella abra la puerta. El niño se pone a llorar casi en silencio, está asustado. Quiero que me entiendan, el niño está verdaderamente asustado, encerrado en la oscuridad, sin entender nada, las lágrimas que corren por su mejilla alargan el tiempo, quiere gritar pero se está ahogando, la respiración se le entrecorta y los espasmos involuntarios de su diafragma lo desbaratan hasta que cae al suelo. Por un momento el frío del suelo en su frente lo tranquiliza. Entonces comienza a escuchar los gritos.
Ella está frente a la puerta, está junto a la ventana del comedor, la de su pieza, la puerta de la cocina, está corriendo asegurándose de que todas las entradas están cerradas. Junto a la ventana del living hay un ladrillo, medio ladrillo y una ventana rota dispersa en trozos sobre el sofá.
Él está en la calle, estuvo tomando, pisco y ron, pero viene con unas latas de cerveza. Salió temprano de la pega, se sentía muy triste y simplemente se fue a su casa. De camino compró unos cigarros y lloró agobiado porque finalmente se dio cuenta de que ella no quería volver a verlo, se dio cuenta, pero no lo entendía, no podía entenderlo, ellos se amaban, lo siguen haciendo.
No tardó en saltar la reja, saltar el portón y abrir una de las ventanas traseras, la que tenía maña. Entró gritando “¡ya llegue!” y riéndose satisfecho de sí mismo, siempre ha sido tan fácil. Siempre es lo mismo, somos una pareja complicada pero nos amamos.
Ellos, han estado juntos por 3 o quizás 4 años, se conocieron en una disco y se fueron juntos a la casa de ella. Así empezó, las citas se volvieron frecuentes y pronto él estaba todos los días en la casa.
Al niño eso no le gustó mucho, él ya no extrañaba a su padre, ya no lo recordaba, tampoco extrañaba a la pareja anterior de su mamá, no había sido bueno para ella, nunca son buenos.
La primera vez que él le pegó a ella nadie lo sabe. La segunda vez ella le contestó y le dijo que esto sería así, que él era un hombre débil y ella una mujer fuerte. Él la manipulaba sin problemas, atacaba a su ego, apelaba a una madre que no la respetaba, a un hombre que simplemente se fue, a un hijo distante, le decía muchas veces y de muchas formas que ella era un fracaso. Ella sufría por ello, quería dejarlo, lo dejaba, siempre con una gran pelea, media casa al piso y sangre. Él sangraba, ella no tanto. Pero luego él regresaba entre copas y gritos o rogando perdón, todas las promesas que fueran pertinentes, como una telenovela, muy parecido a las telenovelas que ella veía en su tiempo libre.
Quiero ser claro, ella sufría mucho, sentía que se le iba la vida en pedazos cuando tenían que separarse. Él era muy violento y la vida fue dolorosa, pero el cuerpo y el deseo, la pasión y el apoyo. Pese a todo ella era una mujer sola con dos hijos a cuestas y un padre ausente. Ella necesitaba la ayuda, quería el apoyo de un hombre capaz, quería sentir su cuerpo y el placer, él era un hombre muy débil, cuando digo esto, me refiero a que carecía de cualidades y nobleza, incluso diría que se jactaba de ser malicioso, pero era un hombre y la amaba. Ella no podía vivir con él, pero sin él sentía que se le rompía el corazón.
La rutina siempre fue la misma, él saltaba las protecciones, entraba por la fuerza y había un estruendo, gritos, cachetadas y puñetazos casi a la par. Él la odiaba por haberlo dejado, ella se odiaba por creer en sus promesas. Llegaban los carabineros, ella levantaba una constancia, él se subía al retén sonriente, conversaba con el conductor, un íntimo. Es lo malo de los pueblos pequeños. Las peleas empezaban a eso de las 3, terminaban en la amanecida y al medio día él salía a fumarse unos cigarros con los que estuvieran de turno, luego volvía a su casa, satisfecho de sí mismo, sabía que ella le había prestado atención a sus lágrimas, él sabía que ahora sólo tenía que volver a pronunciar sus promesas vacías, tomarla con fuerza y seducirla, él la amaba y ella a él.
El niño escuchaba los gritos, escuchaba el forcejeo, uno tras otro los muebles de la casa, los adornos, puertas azotarse, y súplicas, ella no suplicaba que dejara de golpearla, él suplicaba que lo perdonara. Ella nunca le suplicaría. Y los espasmos involuntarios volvían, cerraba los ojos apretados, gritaba en silencio y se preguntaba por qué tenía que escuchar todo eso, por qué estaba solo en esa habitación oscura, pensaba en su casa, cuando él venía, su mamá y él se encerraban en la pieza por horas, cuando él se iba podía ver los ceniceros rebalsados de colillas, al menos 40 colillas cafés. Él fumaba cigarros corrientes, Belmont y Camel, las cajas de Camel tenían diseños, paisajes del mundo, un camello viajando por todo el mundo, distintas festividades e incluso viajes al espacio. El niño pensaba en el desierto. Cuando estaba encerrado en esa pieza escuchando los gritos, pensaba en esas cajas y se imaginaba acompañando al camello, se veía lejos. Pero luego comenzaban a caer los vasos y los platos desde la cocina, portazos y forcejeo. Ella gritaba: ¡Pégame po´ maricón, pégame fuerte si soy tan hombre! ¡Más fuerte! Luego ella lo golpeaba. El niño lloraba con más fuerza y quería hacer algo pero lo único que articulaba era un grito ahogado, acompañado de balbuceos temblorosos.
El niño pensaba en los ceniceros rebalsados y que los cigarros que fumaba su mamá eran blancos, cigarros light, también estaban rebalsando los ceniceros. Su mamá trabajaba durante el día, a veces se tardaba en volver por las tarde y se hacía de noche, a veces llovía demasiado y se cortaba la luz, en un cerro o en el otro, normalmente en éste, en su casa. El niño corría por la casa asegurándose que todas las ventanas estuvieran cerradas, todas las puertas con llave y buscaba desesperadamente la forma de trancar la ventana que se abría sola. Prendía una vela y escuchaba el crujir de la casa, casa de madera, casa vieja. A veces venía la vecina a ver que estuviese todo bien. Cuando venía el niño se quedaba junto a la vela observando, incluso por horas, cómo la luz flameaba y las sombras se proyectaban confusas en las paredes. Siempre a punto de apagarse por el viento que entra misteriosamente en las casas viejas. Cuando no venía, miraba al patio de atrás envuelto en un miedo casi paralizante. Si él llegaba ahora y su mamá no estaba, ni siquiera se podía imaginar qué es lo que podía pasar.
Esa noche no llovía, hacía frío y ya se acercaba el amanecer cuando la puerta se abrió. Era su mamá que entró corriendo y cerró la puerta tras ella. Él se azotó con fuerza hasta que consiguió entrar. Miró al niño y le gritó a ella: ¡¿Sólo por ese niño quieres terminar lo nuestro?! Ella se abalanzó sobre él y lo empujó con fuerza, él cayó al suelo.