El 30 de Abril de 1972 nació mi mamá en Las Condes. Su padre, mi abuelo, un eficiente miembro de la FACH, se había especializado en telecomunicaciones, operación y monitoreo de radares, recibió varias capacitaciones en el extranjero y resultaba un miembro indispensable en distintas bases por todo el país. Solo lo he visto un par de veces, puesto que abandonó a su familia. Mi mamá debió tener alrededor de 15 años cuando sucedió eso y la verdad es que no se mucho más al respecto, vive en Puerto Aysén, Natales o Punta Arenas. Me parece que con su tercera familia.
Mi mamá se crió dentro de una burbuja exquisita, a sus 16 años luego de enviarle un par de cartas al mismísimo presidente Pinochet, recibió un cuadro autografiado de él. Mi mamá había ido a Argentina para sus quince años, nunca le faltó la comida pero si el amor. Su padre fue un hombre distante, tuvo varios amoríos en sus constantes viajes. Su madre, mi abuela, fue una mujer que le exigió mucho, le dio todo lo que pudo, grandes fiestas, muchos obsequios, la mejor ropa, y unas tremendas golpizas, que la volvieron una mujer sumisa, un trato duro pero justo según dice mi abuela.
Mi abuela tiene ascendencia alemana, su madre, mi bisabuela era de origen alemán, más dura y más fría que otros según me contaron, a ella no la llegue a conocer, crió a sus tres hijos con determinación y mano dura, de ellos uno falleció de cáncer mucho antes de que yo naciera.
El se llamaba Alejandro y por el me dieron el nombre que hoy tengo, se que fue un hombre emprendedor con éxito, además de un padre afectuoso, tan afectuoso como su padre.
El padre de mi abuela, según se, de rasgos mapuches, un hombre tierno y dedicado, una sonrisa inagotable, sin embargo como todos los hombres en mi linaje, tuvo sus fallas, sus deslices como suelen llamarlos. Los abandono cuando su hija menor cumplió los 15 años.
Mi abuela tiene otra hermana, a ella nunca la he visto en persona, conozco a algunos de sus hijos, uno se crío junto con mi madre, tal vez dos de ellos, pero uno llegó a considerarla su hermana. Él hoy vive en la India y todos lo extrañamos mucho, el otro solo se que trabaja en una empresa extranjera, de las que son dueñas del cobre, tiene un alto cargo, abandonó a su primera familia y hoy vive muy satisfecho negando a su primer hijo, olvidandolo.
También tuve el placer de conocer a la hija y el hijo de el hermano de mi abuela, el verdadero Alejandro, sus hijos son gente buena, pero distantes. La mirada en sus ojos dice que tenemos la misma sangre dentro, pero sus manos dicen que nunca tendremos los mismos intereses.
Mi mamá se enfermo llegando a los 17 años, fue rápidamente hospitalizada en Las Condes, la misma Clínica en la que yo nací unos años después, ahí conoció a una señora que tenía botellas de perfumes muy finas, unos tubos de pasta dental muy antiguos. Ella le dijo que los tenía desde el 73, mi mamá lo escucho como una anécdota, esa mujer lo dijo con una sonrisa casi inocente en el rostro.
Fue la primera vez que mi mamá se cuestionó el discurso oficial. El mismo día que fue el verdadero Alejandro a visitarla, él era su tío y su padrino, por esas fechas el verdadero Alejandro ya había sido diagnosticado de cáncer.
El verdadero Alejandro dejó de hacer asados todos los domingos, de hecho se volvió vegetariano, estudio iridología, se volvió un experto en plantas medicinales. A menudo mientras crecí escuche sus palabras en la boca de otros, historias que revivían con anhelo en la sobremesa. Coman cadáveres, decía con un tono despectivo cuando se sentaba a comer a la cabecera de todas las mesas. Lo escuche toda mi vida.
Hoy escucho seguido esas palabras en mi cabeza, nunca deje de pensar en los cadáveres, hoy
sigo pensando en los cadaveres, nunca dejo de pensar en los cadaveres.