Perro ciego.


Llegó a un paradero, corrí de mi casa al metro y del metro a esté paradero, corrí tan rápido que no vi nada. No vi nada hasta llegar al paradero, ahí vi a un perro, un perro comido por la sarna, apenas vivo, apenas. Con los ojos inflamados, reventados, ciegos. No vi nada hasta que lo vi a él.

No vi las calles, no vi a los peatones, no vi autos, ni las motos. No vi propagandas, no vi niños, ni viejos. No vi a mi mamá, a mi abuela, a mi papá. No vi a mis hermanos, ni a mis amigos. No vi el sol, no vi el cielo. No los postes, las casas y sus rejas. No sus patios, sus jardines y sus decoraciones. No los números de las casas, no las ventanas, mucho menos mi reflejo en ellas. No el suelo, no la tierra, ni los terrenos baldíos. No a los carabineros, no a los políticos, no a los vendedores callejeros, no a las grandes multi-tiendas, no a los semáforos, ni los cruces peatonales, ni los nuevos edificios, ni las bicicletas. No vi las acciones, ni las reacciones, ni los gobiernos, ni la disidencia, ni las marchas, ni el sentido, ni la razón. No vi la sangre en las avenidas, no olí la sangre en las avenidas, no supe, no quise saber, no nada.

En mi cabeza. Corriendo a todas partes, corriendo sin llegar a ningún sitio, corriendo, sin saber. No escuche los gritos, no olí el humo, no el llanto, no los golpes, los abusos, los silencios malditos que quebraban a los niños en pedazos. Las culpas que crecen en las espaldas de los cobardes y mentirosos. La rabia que arde en los ojos y en las manos. No el hambre y la lluvia famélica que ahoga a las familias. No vi la televisión, no escuche la radio, no escuche a mis amigos, a mis padres, ni a mis profesores. No escuche cuando me dijeron, cuando me explicaron, cuando me advirtieron. No escuche eso, no vi eso, no quise saber. No quise sentir. No, no, no, no, no no no noo no no no nooo nooo noo no no no no no no no no no nooo no. No.